Si buscamos en un perro que destaque por ser un guardián incorruptible, imponente en lo físico y sereno en lo psíquico, no tenemos que ir muy lejos para encontrarlo. Tenemos a nuestro Dogo Canario destacando en todas esas facetas, pero también en muchas otras. Es fiel y cariñoso con los suyos y cuando te mira transmite esa seguridad de la que sólo los perros más equilibrados disfrutan.

Fuente: elmundodel perro.net

 

El perro de presa cuenta con una larga tradición en el archipiélago canario. Si nos sumergimos en las fuentes escritas sobre la existencia de estos molosoides en las islas, encontramos un cedulario del Cabildo de Tenerife que data de 1516 en el que aparecen referencias acerca de este tipo de perros. Esta fecha es inmediatamente posterior a la conquista de la Corona de Castilla del territorio insular. Esto ha hecho suponer a muchos investigadores que la Península Ibérica llevó sus perros, pero que éstos evolucionaron hacia el tipo que posteriormente alumbraría esta excepcional raza. En sus primeras épocas, este gran perro, poderoso e intimidatorio, fue utilizado para la pelea y la guarda del ganado y de las propiedades de sus dueños. Estas funciones, registradas en numerosas referencias de los siglos XVI y XVII, hacen suponer que los antecesores de los primeros Dogos Canarios fueron los perros de presa españoles, aquellos dogos como el antiguo perro de toro de Salamanca, el perro de pelea cordobés, o los alanos utilizados por los ganaderos de Extremadura y Cantabria para agarrar a las reses.

Este perro ha estado altamente influenciado por el devenir histórico de las islas. De este modo, a finales del siglo XVII y durante todo el XVIII, los marineros británicos que llegaban a Tenerife y Gran Canaria para comerciar, expanden en las islas su cultura y costumbres, además de sus perros, entre los que destacaron en número los Mastiff, los Bulldog Ingleses y los Bull and Terrier. Sin duda, la pelea era el cometido más generalizado y el motivo por el que estos marineros llevaban consigo a sus perros, y cuando comenzaron a asentarse en territorio isleño difundieron esta terrible práctica. De esta forma, comienza un proceso de mezcla entre las razas anteriormente asentadas en las islas con las que llevaron los marineros británicos. El perro de presa español, el Pastor Majorero, los Alanos, que eran canes de trabajo, mayoritariamente de guarda de propiedades y ganado, unieron sus genéticas a los bravos y pendencieros perros ingleses. El resultado distaba mucho de acercarse a la homogeneidad morfológica, pero sí que cumplía con los intereses de todos, ya que se consiguió crear al perfecto perro guardián y de ganado con un espíritu combativo enorme.

Desde esa época y hasta dos siglos después, ya en el XX, estos perros se expanden por todas las islas y a medida que va pasando el tiempo se van convirtiendo en una casta más homogénea. Pero tras las Guerra Civil Española se prohíben las peleas entre animales y la cría cae en un abandono alarmante que lleva a estos perros a desaparecer de muchas de las zonas en las que antes era muy habitual verlos.

Como ha ocurrido con muchos otros perros nacionales, la extinción estuvo coqueteando con él, hasta que un grupo de entusiastas comenzaron un trabajo minucioso y esforzado de recuperación, allá por los años 70 del siglo pasado.

En junio de 2001 el estándar es aceptado de manera provisional por la FCI, pero este organismo supranacional exige el cambio de nombre para que se elimine la palabra “presa”, adoptando la raza la denominación de Dogo Canario desde entonces. Aunque no es hasta la Asamblea General del 4 de julio de 2011 cuando este organismo reconoció a título definitivo al Dogo Canario como raza oficial, lo que le permite, desde hace ya más de un año, optar a los máximos galardones (CACIB) en las Exposiciones Internacionales de belleza.

La mirada de un Dogo Canario es algo que define profusamente su carácter. Es serena, profunda, sincera y muy atenta en todo momento. Parece que no se le escapa nada de lo que sucede a su alrededor. Esto es consecuencia de la ardua selección a la que ha sido sometido hasta conseguir formar al perfecto perro guardián que ostentara también las cualidades necesarias para el cuidado del ganado. Por ello, estamos ante un perro muy equilibrado y que destaca por gozar de una gran seguridad en sí mismo, que sobre todo demuestra ante los extraños, con los que se muestra desconfiado. Con sus allegados es noble y fiel, cariñoso y juguetón. Aquel perro de pelea que nacía y vivía en entornos rurales ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos y las nuevas exigencias de la vida moderna y urbanita. Por ello, no es raro que si se acerca a una exposición canina vea excelentes ejemplares de la raza copar los lugares más altos de los podios.


Texto: Antonio López Espada

 

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